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Entrevista exclusiva con su Santidad el Papa Francisco, Obispo de Roma, Sumo Pontífice de la Iglesia Universal y Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano

Los conflictos no se resuelven en el olvido, sino en el diálogo

(Фото EPA-EFE/Claudio Peri)

En ocasión del centenario de la presencia de la Representación diplomática de la Santa Sede (Nunciatura Apostólica) en Serbia, el Papa  Francisco ha concedido una entrevista exclusiva al diario “Politika” de  Belgrado, el periódico más influyente en Serbia y el más antiguo de los  Balcanes, quien publicó su primer número en 1904.

Santità, sono trascorsi più di trent’anni del crollo del muro di Berlino, ma sembra che non abbiamo imparato molto dalla storia. Ancora si costruiscono muri e si rafforzano divisioni materiali e spirituali. Si ha l’impressione che il conflitto tra gli antichi blocchi si ripeta, ma allo stesso tempo emergono nuovi centri di potere. Allora la Chiesa Cattolica, soprattutto nell’opera del suo Predecessore Giovanni Paolo II, ha avuto un ruolo notevole per la decomposizione dei due blocchi, che avevano una matrice ideologica. Oggi, però, in primo piano ci sono soprattutto gli interessi economici. Si favorisce la cultura materialista, che guarda soltanto al benessere personale, a discapito della comunità e dei poveri, che diventano sempre più poveri. In questa nuova situazione locale e mondiale, la Chiesa quale contributo può dare al benessere integrale delle persone e dei popoli?

En su pregunta escuché la música del Concilio Vaticano II que marcó, sin lugar a dudas, el accionar de mis predecesores y nos da el tono para nuestro accionar hoy: «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón» (Gaudium et Spes, 1). Los cristianos no podemos mirar para el costado y hacernos los distraídos de lo que pasa a nuestro alrededor; es más, estamos llamados a hacernos prójimos de todos y de todas las situaciones en nombre de esa solidaridad que nace de la compasión del Señor. Él fue el primero en hacerse hermano y no le huyó a ninguna situación… nosotros queremos seguirlo, ser sus discípulos.

Me gusta pensar que el cristiano en el mundo es una persona realista, muy realista… con el realismo del Evangelio. Por eso a cada generación le toca asumir y hacer suyos los logros, así como las limitaciones y los errores de cada época para discernir cuál es el aporte fundamental que está llamada a dar. Los tiempos cambian, sin lugar a dudas, pero la misión nos sigue invitando a dar testimonio de nuestra esperanza.

En nuestro contexto de pandemia corremos la tentación de pensar la “normalidad” como una vuelta al pasado; queremos volver a “ordenar la casa” en función de lo que ya vivíamos. Es la tentación de llorar las cebollas de Egipto que nos impide percibir una de las características fundamentales de la situación que atravesamos: de una crisis no se sale igual; podemos salir mejores o peores, pero nunca iguales. Las crisis tienen la capacidad de amplificar las injusticias existentes a las que nos habíamos acostumbrado y que podíamos inconscientemente justificar; así como también potenciar las mejores prácticas y reacciones entre nosotros. Durante este tiempo constatamos las dos actitudes: auténticos “héroes urbanos” armados con la solidaridad y la entrega silenciosa, concreta y cotidiana de quien sabe asumir sus responsabilidades para con el prójimo y buscar soluciones concretas para que nadie quede rezagado. Y, por otro parte, el crecimiento de especuladores que sin piedad sacaron rédito de la desgracia ajena o de aquellos que pensaban sólo a sí mismos, protestaban y se lamentaban de determinadas medidas restrictivas incapaces de asumir que no todos tienen las mismas posibilidades y recursos para enfrentar la pandemia.

Creo que el papel de la Iglesia se inscribe precisamente en esta encrucijada. Nos encontramos en un momento propicio para generar e impulsar procesos a largo plazo. Durante décadas, la palabra crisis y cambio se volvieron un lugar común: crisis social, económica, educativa, ambiental.... Se habló y escribió mucho de cambio de época y de la necesidad y la importancia de asumirlo como una oportunidad. Hoy deja de ser un lugar común de los discursos y del establishment para volverse una realidad compartida por todos. Necesitamos un cambio. La pandemia puso en crisis nuestros modelos de organización y desarrollo; puso al descubierto muchas inequidades, graves silencios y omisiones sociales y sanitarias con muchos hermanos nuestros sometidos a procesos de exclusión y degradación. También experimentamos, en tantos casos, la falta de “anticuerpos” personales y comunitarios para hacerle frente a la crisis; y esto es fruto de todos los intentos de desprestigiar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos en nombre de aparentes rutinas salvadores que terminan por privarnos de la inmunidad necesaria. Hemos reducido el desarrollo al simple crecimiento económico olvidándonos que el auténtico desarrollo debe promover a todos los hombres y a todo el hombre (cfr. Populorum progressio, 14). El progreso de todo el pueblo y para todo el pueblo. No podemos perder de vista que las transformaciones siempre tienen un costo y debemos preguntarnos quiénes lo están pagando. No estamos solos en esto y, por tanto, no tenemos que responder solos a estas cuestiones. Como Iglesia estamos llamados a convocar a otros actores y estimular procesos que nos ayuden a liberar la mirada cautiva de un mundo que se organizó en torno al poder, la riqueza y la codicia.

Convocar para crear una (nueva) normalidad. Me gusta pensar la normalidad como una misión a cumplir más que como un dato de hecho o una realidad fáctica e incuestionable. Lo normal no es el pasado sino lo que anhelamos para nuestros hijos y nietos: es el mañana a construir donde la fragmentación social y la exclusión no sea el esquema dominante. La normalidad vivida como misión se jugará en cómo asumamos comunitariamente la fragilidad de nuestros pueblos. Aprender a asumir y abrirnos al dolor y a la vulnerabilidad del prójimo humanizará nuestras comunidades y nos regalará una (nueva) normalidad donde la dignidad de las personas no sea una declaración de principios sino una convicción que se traduce en prácticas y estilos de vida bien concretos. Así la normalidad no será la mera continuación del pasado como tampoco la cancelación de este duro momento sino una puesta en juego de todos nuestros recursos y creatividades para transformar el presente en el eslabón de una nueva oportunidad: las cosas pueden cambiar. Ahí tiene que estar la Iglesia, convocando y actuando para que la normalidad que se geste pueda tener el sabor al protocolo con el que un día seremos juzgados (cfr. Mt. 25). Si somos capaces de poner a los frágiles y pequeños en el centro veremos que la multiplicación de los panes no es una linda utopía sino una realidad.

(Фото ЕПА-ЕФЕ/ANGELO CARCONI)

In Europa, ormai da tanti anni, si registrano due forti processi. Da una parte il rinascere dei nazionalismi locali, con il pericolo di uno sgretolamento interno alle Nazioni e alla stessa Europa, che in questo momento attraversa una forte crisi d’identità, accentuata pure dalla pandemia del coronavirus, e dall’altra parte si percepisce una perdita dell’identità cristiana, culturale e perfino personale, causata dal fenomeno della globalizzazione. Santità, come si può salvaguardare la propria identità nazionale, in un mondo globalizzato, senza cadere però in un nazionalismo, che porta alla divisione e alla perdita dei valori universali?

Muchos jóvenes se sienten hijos del fracaso y la desilusión; son varias las generaciones que crecieron en un mundo en cenizas de promesas incumplidas, de violencias de distintos tipos y del crecimiento exponencial y hasta obsceno de beneficios para algunos y de grandes privaciones para muchos… el sálvese quien pueda se impuso en el tejido cultural (cfr. Christus Vivit, 216). Concretamente vemos como esto se traduce en la dificultad que tienen para encontrar trabajo. Sin trabajo les privamos a ellos y a la sociedad toda de la capacidad transformadora y de la oportunidad de sentirse activos protagonistas de un futuro que nos involucra y necesita a todos. Una cultura se vuelve estéril cuando no logra abrir espacios para que las generaciones más jóvenes se desarrollen por medio de la acción y del trabajo. Excluir a los jóvenes del mercado laboral es obligarlos a vivir al margen de las soluciones del mañana. En ellos vive hoy el mañana de nuestros pueblos, no podemos dejarlos afuera.

En un contexto como este es difícil sostener a largo plazo las grandes ilusiones y proyectos y, por el contrario, es muy fácil quedarse encandilados con respuestas inmediatas que brindan una aparente (pero falsa) seguridad y protección (aunque hipotequen la vida). ¡Cuántos grupos utilizaron estos fenómenos para generar enfrentamientos estériles inclusive al interior de un mismo pueblo!: hogares resquebrajados por un sistema económico que no tiene como prioridad las personas y el bien común; la propuesta de un ideal humano sometido a la dictadura del utilitarismo y la apariencia poblará con propuestas que parecen bellas, pero solamente dejarán apatía y soledad. Sutilmente se instala así un manto de orfandad social, comunitaria y espiritual: jóvenes y adultos sin referencias, sin hogar, sin comunidad. Es interesante notar como hoy, en muchos casos, las referencias o las pertenencias se encuentran solamente en la red o en la nube … a la intemperie del primer estafador. Terreno fecundo para el crecimiento de los populismos e integrismos como Usted bien señaló.

Esta falta de pertenencia termina por erosionar el espacio público que es la capacidad que tenemos de tener un nosotros común: sin el nosotros de un pueblo, de una familia, de una ciudad, de un futuro soñado y labrado en común todo será más conflictivo y fragmentado. Por eso mi insistencia de volver a las raíces, al rico patrimonio histórico, cultural y espiritual que cada tierra supo gestar. Ahí se encuentra un antídoto natural y cultural a los nacionalismos y a todos los procesos de fragmentación y enfrentamiento. Ustedes conocen bien los sufrimientos de los conflictos bélicos del pasado reciente que provocaron graves heridas que todavía necesitan cicatrizar. Salvaguardar la memoria de nuestros pueblos es salvaguardar el futuro.  No para quedarse anclados en el pasado sino para mirar con valentía el presente y con esperanza el futuro; no para imitar o repetir gestas pasadas sino para encontrar el espíritu que permitió a nuestros pueblos volver a ponerse de pie.

En mi viaje a Rumanía, cuando iba al encuentro con las familias, ví desde el Papamóvil una anciana que alzando a su nieto en brazos con una sonrisa cómplice y una mirada orgullosa decía con sus ojos: ¡mire… ahora puedo soñar!  Los ancianos sueñan cuando ven crecer a sus nietos y los nietos pueden tener grandes horizontes cuando toman las raíces de sus abuelos. Porque las raíces no son anclas que nos atan a otras épocas, sino que son un punto de arraigo que nos permite desarrollarnos y responder a los nuevos desafíos (cfr. Christus Vivit, 200). Si tuviéramos la valentía de escuchar a nuestros ancianos, si los dejáramos hablar sin juzgarlos apresuradamente, descubriríamos historias hermosas hechas de sacrificios, lucha cotidiana, esperanzas y también desilusiones que se hilvanaron en el ingenio que tuvieron para salir adelante. Esto requiere tiempo, acercarse lentamente para aprender a valorar el tesoro que muchas veces dejamos “herrumbrarse” en el olvido. Abrirnos al pasado para aprender que no todos los tiempos fueron favorables ni propicios; grandes épocas de carestía y dolor no impidieron que cada tiempo fuera capaz de fructificar. Lo último que debemos hacer es atrincherarnos a la defensiva y lamentarnos por cómo van las cosas. Dejemos que sea el profeta el que nos lo recuerde: «Después de esto, yo derramaré mi espíritu sobre todos los hombres: sus hijos y sus hijas profetizarán, sus ancianos tendrán sueños proféticos y sus jóvenes verán visiones» (Joel 3,1).

Fin dall’inizio del Suo Pontificato, Ella ha proposto il dialogo come strumento efficace per la soluzione dei conflitti sociali, politici, economici, culturali e religiosi. Non soltanto l’ha proposto, ne ha fatto uno stile di vita, con tanti gesti concreti nei suoi Viaggi e negli incontri con Alte Personalità. Purtroppo, a volte si ha l’impressione che esso sia un monologo o una conversazione tra sordi. Perché il dialogo è così importante per Lei e come esso potrebbe aiutare a purificare le esperienze negative ereditate dalla storia e a gestire situazioni nuove e complesse, a livello personale, sociale e religioso? Quali frutti Le sembra di avere finora raccolto?

(Фото ЕПА-ЕФЕ/MAURIZIO BRAMBATTI)

Usted habló de muros, de incomunicación y de división entre hermanos de un mismo pueblo divididos ideológicamente. Tenemos experiencia reciente de lo que esto significó y significa para poblaciones enteras que terminan por exponer a la violencia y al odio a muchos inocentes. Caemos con rapidez en la tentación de creer que el odio y la violencia son una manera rápida y eficaz para la resolución de conflictos; y finalmente lo único que terminan por generar es un espiral de mayor violencia. Lo vemos en las redes sociales, el anonimato en el que muchos se esconden termina fomentando y amplificando estas actitudes. La injusticia nunca puede resolverse con prácticas injustas. En Fratelli Tutti quise señalar que «las grandes transformaciones no son fabricadas en escritorios o despachos. Hay una “arquitectura” de la paz, donde intervienen las diversas instituciones de la sociedad, cada una desde su competencia, pero hay también una “artesanía” de la paz que nos involucra a todos» (Fratelli Tutti, 230); ese es el lugar del diálogo que implica dejar de lado los “buenismos declaracionistas” a menudos vacíos y superfluos para abrazar un futuro donde las diferencias sean reconocidas, valoradas y articuladas de manera tal que nadie se sienta desplazado. Hoy día no necesitamos de impresionantes monólogos que privilegien el bienestar de una comunidad sembrando miedo a los diferentes. Dialogar no implica cancelar o desconocer las diferencias e inclusive las heridas que en el pasado se pudieron ocasionar. Por el contrario, dialogar es una manera consciente y humilde de asumir la historia, las injusticias, las diferencias y posicionarlas en vistas a un futuro donde las políticas de integrismos y división, los sistemas de ganancias insaciables y las tendencias ideológicas odiosas no tengan la última palabra (Cfr. Documento de la Fraternidad). Los conflictos no se resuelven en el olvido, en la ignorancia o en “el borrón y cuenta nueva” sino en el diálogo que implica el reconocimiento del otro y la aceptación gozosa que estamos invitados a ampliar la mirada para reconocer un bien mayor que nos beneficiará a todos. Nadie madura ni alcanza su plenitud encerrándose en sí mismo y en sus convicciones, por más valederas que sean. Es importante recordar que «una sana apertura nunca atenta contra la identidad. Porque al enriquecerse con elementos de otros lugares, una cultura viva no realiza una copia o una mera repetición, sino que integra las novedades “a su modo”» (Fratelli Tutti, 148). Sin diálogo estamos impulsando una cultura de guetos donde se termina por elegir quién tiene derecho (o no) a ser considerado persona. Es importante siempre tratar de dejar canales abiertos que nos permitan retomar el contacto y mantener viva la comunicación. 

Santità, stiamo vivendo tutti l’esperienza della pandemia causata dal coronavirus. Lei ha ripetuto più volte che siamo nella stessa barca e ci salveremo solo se avremo il coraggio di lavorare insieme. Quale contributo possono dare le Religioni affinché la società esca da questa esperienza migliore e più fraterna?

Me gustaría responder a su pregunta en línea con la respuesta anterior. El diálogo es uno de los instrumentos más privilegiadas que poseemos no sólo contra el covid sino contra todos los demás conflictos a encarar. En este sentido las religiones tenemos una misión ineludible a desarrollar. Me gustaría recordar el documento sobre la fraternidad que firmamos con mi hermano el Gran Imán de Al-Azhar Ahmed al Tayyeb donde nos comprometíamos a «asumir la cultura del diálogo como camino; la colaboración común como conducta; el conocimiento recíproco como método y criterio» y así desenmascarar los discursos de odio, fanatismos y extremismos de aquellos que quieren manipular e instrumentalizar las religiones y el nombre de Dios para sus intereses mezquinos y prácticas de privilegios.  Durante los viajes apostólicos pude constatar lo que no sale ni se vende en grandes titulares pero que es fuente de esperanza: la buena vecindad entre las religiones. Hay esperanza porque en muchos rincones de nuestras ciudades y pueblos se respira la sana virtud de la amistad y la buena práctica de la vecindad; condición básica para romper todo tipo de repliegue ideológico de una cultura o religión. Frente a la grandilocuencia de tantos “opinólogos” he encontrado siempre personas comunes capaces de protagonizar en su entorno inmediato la cultura del encuentro. Reconozco que falta mucho camino a realizar, pero detenerme en estas situaciones me ayuda a reconocer la presencia de Dios en el mundo, en la historia que sigue impulsando la humanidad. Estamos en camino porque el Señor sigue (podríamos decir) “colándose de contrabando” para que todos podamos reconocernos como hermanos y hermanas; Él es el primero en empeñarse para que podamos vivir la fraternidad.

Santità, immagino che Lei riceva tanti inviti, ma ha sempre privilegiato “le periferie”. È stato più volte in Paesi che confinano con la Serbia. Quale è il movente che Lo porta a scegliere una destinazione piuttosto che un’altra e quali sono i frutti che solitamente Lei si attende dalle sue Visite pastorali? 

Quiero contarle como surgió mi primer viaje apostólico. Un día, entre la correspondencia, llegó una carta del párroco de Lampedusa en la que me contaba la historia de los sobrevivientes del mediterráneo que llegaban a la isla y las dramáticas situaciones que tenían que enfrentar en la mayor de las vulnerabilidades: despojados de todo su último recurso era un aliento vital que se volvía clamor por una vida digna de llamarse humana. Leyendo esa carta algo se movió internamente. Sentí la presencia del Señor que me indicaba el camino: allí tienes que ir, escuchar y unirte al clamor de estos hermanos. No sentí que yo elegí el lugar del primer viaje, sino que el Señor me mostró el camino; podríamos decir que el lugar me eligió a mi. Lampedusa será un signo de lo que el Señor me invitaba a mirar y priorizar. Desde la periferia somos capaces de descubrir perspectivas, acentuaciones, injusticias, laceraciones y también signos de esperanza que muchas veces ignoramos desde el centro. Ir a la periferia para ver mejor, para comprender mejor no sólo el Evangelio sino también nuestra propia humanidad. Hacernos prójimos de aquellos que normalmente viven en las periferias es una condición que nos ayudará a vivir mejor nuestra propia humanidad. Si no queremos ir por la vida deshilachándonos, fragmentándonos en la búsqueda vana de la felicidad… el camino a las periferias nos puede regalar un horizonte de plenitud. Es el camino del Señor.

(Фото ЕПА-ЕФЕ/ETTORE FERRARI)

Para la agenda de mis viajes intenté priorizar aquellos lugares donde todavía no habían recibido la visita de un Papa, inclusive en aquellas regiones en las que la presencia de la Iglesia Católica era casi nula. Poder ir al encuentro y escuchar, celebrar la Eucaristía y descubrir como estos hermanos nuestros viven la fe en un contexto de adversidad nos hace muy bien a todos; nos “mueve el tablero” y nos ayuda a posicionarnos nuevamente frente a la misión que tenemos entre manos. Recuerdo que preparando un viaje me dijeron: Santo Padre, son muy pocos los católicos en esa región, ¿por qué no evaluamos otros lugares?. Mi respuesta fue instantánea: ¿esos hermanos nuestros por ser pocos tienen menos derechos que el resto?. Vivir la fe en contexto de persecución o de minorías se vuelve un testimonio digno de valorar.

Convertir la mirada, el corazón y las prioridades para seguir al Señor que se hizo periferia para que nadie sienta que no tiene lugar en su corazón. Como Iglesia tenemos que crecer en esta conversión: todos tienen un lugar en sus entrañas de madre. Las periferias están también cerca de cada uno de nosotros, en el centro de la ciudad, en la propia familia. Pienso en esos «exiliados ocultos» que, por alguna discapacidad, son tratados como cuerpos extraños en la sociedad, en los ancianos porque ya no son “útiles” y se los trata como una carga, en los migrantes no pocas veces estigmatizados y utilizados como “chivo expiatorio” para justificar ideológicamente algunas políticas discriminatorias (cfr. Fratelli Tutti, 98). En los viajes siempre intento ir a la prisión a encontrarme con nuestros hermanos que están detenidos y con aquellos que tienen la tarea de acompañarlos. Me acuerdo que en Bolivia me presentaba ante ellos diciéndoles: «el que está ante ustedes es un hombre perdonado. Un hombre que fue y es salvado de sus muchos pecados». Y así es como me presento. Lo mejor que podemos testimoniar con nuestra vida es que los cristianos somos hombres y mujeres encontrados y perdonados por Jesucristo, la misericordia del Padre. Y es Él quién nos impulsa siempre a ir más allá para que a nadie le falte la caricia de este anuncio.

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